El 1 de julio de 2004, Once Caldas paralizó a Sudamérica y el mundo entero al coronarse campeón de la Copa Libertadores frente a un Boca Juniors que venía siendo el mejor del mundo. Para muchos fue una sorpresa, sin embargo, la hazaña no fue una casualidad. Para entender la victoria deportiva del ‘Blanco Blanco’, se debe mirar años atrás cómo se forjó su carácter competitivo y el proceso de construcción para llegar a la base final.
Antes de la copa, la institución manizaleña no pertenecía al selecto grupo de los denominados equipos grandes de Colombia. La afición estaba acostumbrada a ver un equipo aguerrido, que siempre peleaba sobre todo en condición de local, primero en el estadio Fernando Londoño y posteriormente en el Palogrande. Durante décadas, el equipo vivió en un segundo plano, protagonizando buenas fases regulares que inevitablemente se diluían en las finales antes los grandes.
Para romper ese paradigma, la directiva apostó por el proyecto de Luis Fernando Montoya. El ‘Campeón de la vida’ asumió la dirección técnica en 2003, entendiendo que, para pelear de tú a tú con los históricos de Colombia, el equipo necesitaba una transformación profunda desde lo mental y lo táctico. El profe implementó un trabajo táctico defensivo, sacrificio colectivo y transiciones rápidas en función de ataque.
Para que todo saliera perfecto en la cancha, se conformó una nomina que no dependía de grandes estrellas mediáticas, sino de piezas que encajaran de manera precisa. El plantel combinó la jerarquía de jugadores de experiencia con futbolistas que llegaron a Manizales buscando una revancha deportiva. Bajo los tres palos estaban cubiertos por la seguridad de Juan Carlos Henao; una defensa firme de Samuel Vanegas; el despliegue físico de Jhon Viáfara y el talento creativo de Arnulfo Valentierra. Juntos, formaron una base inamovible.
De la segunda estrella en 2003 a las hazañas de la Libertadores 2004
la final del Torneo Apertura frente al Junior de Barranquilla. Fue una serie que reflejó fielmente el libreto de Montoya: en el partido de ida cerraron el arco, rescatando un 0-0 en el estadio Metropolitano. Luego, el Once Caldas supo aprovechar su fortaleza como local, sentenciando la llave en Manizales con un triunfo por la mínima (1-0). La victoria no solo rompió una racha en contra de 53 años sin títulos ligueros, sino que le permitió asegurar el anhelado tiquete a la Copa Libertadores.
En el escenario internacional, el equipo demostró rápidamente que no iba de paseo. Once Caldas quedó ubicado en el Grupo 2 junto al histórico Vélez Sarsfield de Chilavert, Fénix de Uruguay y Maracaibo de Venezuela. El equipo manizaleño cerró la ronda con un balance envidiable: 13 puntos de 18 posibles, producto de cuatro triunfos, un valioso empate y apenas una derrota, clasificando como líder indiscutible. Los dirigidos por Luis Fernando Montoya querían dejar un mensaje claro a nivel continental: eran un equipo con un orden táctico absoluto y sumamente incómodo para cualquier rival. En el escenario internacional, el equipo demostró rápidamente que no iba de paseo. Once Caldas quedó ubicado en el Grupo 2 junto al histórico Vélez Sarsfield de Chilavert, Fénix de Uruguay y Maracaibo de Venezuela. El equipo manizaleño cerró la ronda con un balance envidiable: 13 puntos de 18 posibles, producto de cuatro triunfos, un valioso empate y apenas una derrota, clasificando como líder indiscutible. Los dirigidos por Luis Fernando Montoya querían dejar un mensaje claro a nivel continental: eran un equipo con un orden táctico absoluto y sumamente incómodo para cualquier rival.
Superar la fase de grupos fue solo el inicio de lo que sería una verdadera prueba de supervivencia. El esquema que para muchos críticos de Montoya era demasiado conservador, resultó ser el antídoto perfecto contra los máximos favoritos del certamen. Primero superaron al Barcelona de Ecuador desde el cobro del punto penal, mostrando desde ese instante la figura internacional de Juan Carlos Henao. En cuartos de final no enfrentaron a cualquier equipo, sino a la siempre temible potencia brasileña: el Santos, vigente subcampeón, que contaba con figuras de la talla de Renato, Elano, Diego y Robinho. Tras rescatar un valioso 1-1 en Brasil, Arnulfo Valentierra sacó la cara en la vuelta y marcó un golazo de tiro libre que quedará para siempre en la memoria de los aficionados. El reto superlativo llegó en semifinales frente a otro gigante brasileño, São Paulo, el equipo que mejor fútbol venía mostrando en el torneo. Fieles a su libreto, rescataron un empate sin goles en la ida como visitantes, hasta que, en el último tramo de la vuelta en Manizales, Jorge Agudelo supo marcar el agónico gol del 2-1 definitivo con el que estarían en la gran final.
Boca Juniors, la Copa Intercontinental y el legado eterno del Once Caldas
El último obstáculo para alcanzar la gloria continental era el más imponente de todos: el Boca Juniors de Carlos Bianchi. El equipo argentino, vigente campeón, meses antes había ganado la Copa Intercontinental frente a un AC Milan plagado de estrellas, por lo que llegaba claramente como el inmenso favorito. A pesar de todos los pronósticos en contra, Luis Fernando Montoya se mantuvo fiel a la estrategia que lo llevó hasta esa instancia. En el partido de ida en Buenos Aires, el Once Caldas blindó su zona defensiva y supo neutralizar el mítico entorno de La Bombonera, rescatando un 0-0 que dejó la serie abierta para la definición en casa.
Todo quedó servido para una noche histórica en Manizales. El onceno hizo estallar a la afición al adelantarse con un zapatazo de Jhon Viáfara, pero Boca Juniors sacó la jerarquía que lo caracteriza para empatar el encuentro por intermedio de Nicolás Burdisso. Con el 1-1 en los noventa minutos, todo debía definirse desde los doce pasos. Y cuando la figura de Juan Carlos Henao ya se estaba acrecentando, allí se hizo leyenda. El portero atajó el penal definitivo con el cual levantarían el trofeo más codiciado de Sudamérica.
La conquista de la Copa Libertadores le otorgó la oportunidad al ‘Blanco Blanco’ de disputar la Copa Intercontinental. En tierras japonesas, los dirigidos por Luis Fernando Montoya volvieron a plantear un partido inteligente, neutralizando el ataque luso y forzando los cobros desde el punto penal tras igualar 0-0 en el tiempo extra. A pesar de no volver a lograr la épica, el Once Caldas regresó a Colombia con el orgullo intacto. Aquel equipo, liderado por el ‘Campeón de la vida’, dejó un legado eterno. La historia del héroe se vio reflejada en el equipo blanco: con táctica, rebeldía y corazón, demostraron que no hay rival que no se pueda vencer.





