#MeToo: silencio, machismo y acoso detrás del periodismo colombiano

Despedidos los primeros involucrados en las denuncias por acoso sexual que se extienden a otros periodistas y medios.
No más silencio al abuso a periodistas y mujeres

Caracol Televisión anuncia la salida de los periodistas y presentadores Ricardo Orrego y Jorge Alfredo Vargas de su nómina debido a las crecientes denuncias y reportes de acoso por parte de ellos dos y otros periodistas del medio. Los casos siguen en crecimiento y ya salpican a otros medios de comunicación.

El pasado viernes 20 de marzo, el canal tradicional Caracol Televisión emitió un comunicado que encendió una conversación que cada vez se hacía más urgente en el ecosistema mediático colombiano; la existencia de denuncias por presunto acoso sexual en contra algunos de sus periodistas y presentadores. La reacción institucional, bastante medida para ser una problemática de esta índole, trasciende a un canal específico y deja ver las dinámicas de poder y encubrimiento que históricamente han atravesado las redacciones para hoy convertirse en un movimiento #MeToo en Colombia.

Sin revelar nombres oficialmente y apelando al debido proceso, la empresa confirmó que los implicados —uno del área de noticias y otro del equipo deportivo— fueron apartados temporalmente de sus cargos. Sin embargo las redes sociales han hecho lo suyo y durante el fin de semana, se han sumado directa e indirectamente más periodistas que quieren alzar su voz ante la indignante situación.

La activación de canales institucionales de denuncia por parte de la Fiscalía no solo responde a la coyuntura, sino que evidencia una presión social acumulada. En un país donde el periodismo era clave para denunciar abusos de poder, resulta inevitable que el foco también se vuelva hacia adentro.

Más vale tarde que nunca

En esa tensión —entre verdad, justicia y transformación— se juega hoy buena parte de la credibilidad de los medios y del lugar que ocupan las mujeres dentro de ellos. No solo Caracol se encara hoy a una crisis institucional tras la aparición de más testimonios sobre presuntos casos retroactivos de acoso sexual y laboral en esta cadena, sino también se han conocido nuevas denuncias que involucran a otros medios hegemónicos colombianos.

Que estas denuncias salgan a la luz —incluso años después de haber ocurrido— es un acto profundamente político. En el marco de marzo, mes de la lucha feminista, la visibilización de estas violencias interpela no solo a las empresas, sino a toda la industria periodística. El tiempo, lejos de invalidar los testimonios, evidencia las barreras estructurales que enfrentan las víctimas: miedo a represalias, precariedad laboral, jerarquías cerradas y culturas organizacionales que durante décadas protegieron más la reputación corporativa que la integridad de las mujeres.

Nombrar tarde también es una forma de justicia, rompe pactos de silencio y habilita a otras víctimas a hablar, consolidando una memoria colectiva que incomoda, pero transforma. Las consecuencias son múltiples y se expanden más allá del caso puntual.

Para los grandes canales, implica revisar y replantear protocolos internos, fortalecer rutas de denuncia y asumir costos reputacionales en un contexto donde las audiencias —cada vez más críticas— exigen transparencia. Para quienes se están formando en periodismo, este episodio funciona como advertencia y como llamado ético; no basta con narrar la realidad, también hay que cuestionar las condiciones en que se produce la información y los entornos laborales.

Y para los medios alternativos, que han crecido precisamente al margen de estas estructuras tradicionales, se abre una ventana de legitimidad. Su rol en amplificar denuncias, acompañar procesos y disputar agendas informativas se consolida frente a una audiencia que busca independencia y perspectiva de género.

La necesidad de medios no tradicionales

El acceso de las mujeres al periodismo sigue atravesado por barreras estructurales que se hacen aún más visibles en el ámbito deportivo. Las redacciones, históricamente dominadas por hombres, han reproducido lógicas de exclusión y entornos hostiles que muchas veces naturalizan el acoso o minimizan sus denuncias. Llegar a un medio tradicional implica disputar espacios, credibilidad y voz en escenarios donde persisten jerarquías rígidas y figuras intocables —las llamadas “vacas sagradas”— que concentran poder y dificultan transformaciones profundas.

Sin embargo, esta crisis también abre una grieta en el modelo tradicional y fortalece a los medios alternativos deportivos. Espacios más horizontales, sin figuras blindadas por décadas de poder, comienzan a posicionarse como entornos más seguros y equitativos para el desarrollo profesional de las mujeres. Estos medios no solo amplían la conversación deportiva, sino que también redefinen quién tiene derecho a narrarla, incorporando perspectivas feministas que cuestionan las estructuras que históricamente han marginado a las mujeres del relato deportivo.

En medio de este escenario, surge una pregunta inevitable ¿Podría este tipo de denuncias traducirse en un boicot de audiencias hacia gigantes como Caracol Televisión y RCN Televisión de cara a eventos de alto rating como el Mundial? De ser así, el desplazamiento de la audiencia podría beneficiar a plataformas como Win Sports, hoy dirigida por Andrea Guerrero, cuya gestión ha impulsado una mayor visibilidad y participación femenina. Más que una simple redistribución de rating, se trataría de un gesto político de las audiencias: elegir no solo qué consumir, sino también qué valores respaldar dentro de la industria mediática.

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