Isabella Echeverri y las jugadoras que han alzado su voz por la dignidad femenina en el fútbol

La comentarista colombiana hace parte de las futbolistas que vivieron un ambiente caótico en sus federaciones, por cuenta de alzar su voz.
Isabella Echeverri y Melissa Ortiz

Aunque Isabella Echeverri fue exitosa dentro del campo y brilló en sus años de juego, marcó la historia del fútbol femenino al ser apartada de la selección como consecuencia de denunciar las injusticias que vivían las jugadoras. Tras ese capítulo en el FPC, Isabella pasó a trabajar en el sindicato mundial de jugadores FIFPRO y en la actualidad, se desempeña como periodista en un segmento de opinión deportiva, hoy en día acompaña a la Selección Femenina en su paso por la SheBelieves Cup en Estados Unidos.

“(Hombres y mujeres) necesitan entender que su profesión es mucho más que pegarle a un balón y meter un gol, sino que son trabajadores y que tienen derechos y que tienen deberes”, mencionó Isabella en entrevista con La Titular Nuestra.

Trabajar en FIFPRO como mujer implica habitar un espacio donde el fútbol deja de ser solo espectáculo y se convierte en terreno de disputa por derechos, dignidad y equidad. Desde dentro, la dimensión global del sindicato —que agrupa a más de 70.000 futbolistas profesionales en 70 países— permite escuchar de primera mano las historias de jugadoras que aún enfrentan contratos precarios, brechas salariales abismales y estructuras federativas que históricamente las han relegado a un segundo plano.

La experiencia no es solo laboral; es también política y profundamente humana. Significa acompañar procesos de denuncia, impulsar protocolos contra el acoso y trabajar para que las futbolistas tengan las mismas garantías que sus colegas hombres. Desde oficinas en Europa hasta reuniones virtuales con sindicatos de África o América Latina, la FIFPRO evidencia cómo el talento femenino ha tenido que abrirse paso en un sistema diseñado sin ellas en mente. En ese contexto, el trabajo sindical adquiere un enfoque feminista ineludible: no se trata solo de negociar mejores condiciones, sino de transformar la cultura de un deporte históricamente masculino y esto solo se logra de manera gremial.

En el colectivo está el poder

Aun cuando estén cobijadas por sindicatos o decidan alzar la voz de manera independiente, la experiencia reciente demuestra que las futbolistas logran mayor impacto cuando denuncian en bloque. Las declaraciones colectivas no solo reducen el riesgo de represalias individuales, sino que también amplifican el mensaje y obligan a las dirigencias a responder ante la opinión pública.

El caso de la exfutbolista y actual comentarista deportiva Melissa Ortiz también marcó un precedente en la discusión sobre las condiciones de la Selección Colombia Femenina. En años anteriores, la jugadora denunció públicamente precariedades en la planificación deportiva, demoras en pagos y falta de garantías básicas para el desarrollo profesional del equipo. 

Sus declaraciones pusieron sobre la mesa una problemática estructural: la desigualdad histórica en el trato hacia las futbolistas frente a sus pares masculinos. Ortiz no solo habló de su experiencia personal, sino que evidenció un sistema que durante años normalizó la inestabilidad contractual y la ausencia de condiciones dignas para representar al país.

Una situación similar, aunque más reciente y atravesada por denuncias de acoso y maltrato, fue expuesta por la volante Leicy Santos, quien ha respaldado públicamente a compañeras que señalaron entornos laborales hostiles y falta de protección institucional dentro del fútbol colombiano. 

A diferencia de lo que suele ocurrir en el fútbol masculino —donde las estructuras de poder y protección son más sólidas— en el femenino la fuerza colectiva se ha convertido en una herramienta clave para exigir garantías, transformar culturas institucionales y avanzar hacia condiciones más justas y equitativas. En un entorno históricamente desigual, donde una sola voz puede ser fácilmente desacreditada o marginada, la acción conjunta deja una huella más profunda y dificulta el silenciamiento.

Grandes pérdidas por negligencia

El nombre de Yoreli Rincón también ha estado ligado a las tensiones históricas entre las futbolistas y la dirigencia del balompié nacional. Considerada durante años la mejor jugadora del fútbol colombiano por su talento y liderazgo, Rincón denunció públicamente exclusiones, conflictos internos y decisiones técnicas que, según afirmó, estuvieron marcadas por diferencias personales y falta de transparencia. 

Su caso expuso cómo incluso las figuras más determinantes de la Selección Colombia Femenina podían quedar al margen en un entorno donde las garantías laborales y deportivas no siempre fueron claras. Más allá de lo individual, su situación puso sobre la mesa la necesidad de estructuras más justas, profesionales y respetuosas con las trayectorias de las futbolistas colombianas.

Si bien no todos los casos han derivado en sanciones ejemplares, las jugadoras han insistido en la necesidad de protocolos efectivos contra el acoso sexual y laboral, así como en el cumplimiento oportuno de obligaciones salariales. Estos testimonios reflejan que, pese al crecimiento deportivo de la selección, persisten desafíos profundos en materia de derechos y garantías para las mujeres en el balompié nacional.

Pero no todo está perdido, ser parte de estructuras sindicales o ver las denuncias de estas mujeres también permite dimensionar el impacto de los avances recientes. El crecimiento del fútbol femenino, el aumento de audiencias y la consolidación de referentes globales han impulsado cambios que hace una década parecían inalcanzables. Sin embargo, desde dentro se entiende que el progreso no es lineal ni homogéneo. Trabajar en fútbol dentro o fuera de la cancha como mujer es, en esencia y en práctica, contribuir a que cada contrato digno firmado, cada política de protección implementada y cada futbolista escuchada se convierta en un paso más hacia un fútbol verdaderamente igualitario.

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